Detrás del armario que estuvo veinte años sosteniendo la misma esquina, aparece de pronto una cicatriz intacta. Un rectángulo de pintura donde el tiempo no ha sabido gastarse. Alrededor, los muros muestran la fatiga del sol, la mordedura del humo y las marcas invisibles de las manos; pero aquí, la cal conserva su blancura ciega, un frío ajeno al día.
El rodapié conserva un contorno mineral de polvo gris, un fósil doméstico que dibuja el revés de la casa.
Ahora, el sol de la tarde avanza por el pasillo e invade por primera vez esa herida limpia. Desnuda la cal desnuda, la vertical fija contra la luz.
Un espacio virgen.
La huella del fondo.
La intemperie dentro.
Antonio Portillo Spinola ©