SILENCIO DE LA ESPIGA
III
Trazar la órbita
no consiste
en medir la distancia.
Es seguir
la lenta claridad
hasta que la mirada
aprende
a escuchar.
Entonces
aparecen
las voces más antiguas,
esas presencias
que permanecen
detrás del fuego,
como la respiración
del paisaje.
Tus formas
no interrumpen la luz.
La conducen.
Su desnudez
guarda
el orden silencioso
con que la tierra
abre
cada mañana.
Anochece
sobre mi rostro.
La sombra
no viene
a ocultarme.
Devuelve
el rumor verde
que asciende
desde el árbol
hasta el corazón.
Mi mano
ya no busca poseer.
Se abre,
como la piedra
que aprendió del río
la paciencia
de permanecer.
Por tus caricias
viaja el mundo.
Los espejos
pierden
su antigua rigidez.
Cada beso
ensancha
el silencio.
No lo rompe.
Lo vuelve
habitable.
La sal
conoce el mar
porque aprendió
la sed.
Así también
el deseo.
Nace pequeño
y lentamente
encuentra
su fuerza.
Observo
una hormiga.
Lleva
sobre el cuerpo
la gravedad
de la espiga.
Cada paso
abre
un sendero
invisible.
Le bastan
la hoja,
la piedra,
el aire.
Entonces comprendo
que toda huella
es una forma
de la luz.
También nosotros
dejamos una
cuando el amor
aprende
a caminar
sin imponerse.
La hoja
acepta
el silencio
del otoño.
No se resiste.
Sabe
que toda caída
es también
una forma
del regreso.
Mientras la tarde
desciende
sobre la tierra,
tu respiración
continúa
trazando
la única órbita:
la que conduce
desde la palabra
hasta la presencia.
El silencio
guarda
antiguos quejidos.
Pero basta
la mañana
para despertar
la piedra
y devolver
la luz
a su comienzo.
Me dejo llevar
por el aire
que madura
entre los mangos.
Cada ráfaga
conoce
el camino
del mar.
Un ave
atraviesa
la humedad.
En su vuelo
las ideas
abandonan
su dureza.
Tu sombra
recoge
el grito
hasta convertirlo
en serenidad.
Cuando la ola
olvida
el nombre
de la noche,
permanezco
bajo la hondura
de tus párpados.
No espero.
Habito.
Los árboles
levantan
su respiración.
El viento
reúne
la memoria
del temporal.
Y tus manos
se disuelven
en la luz.