José Honorio Martínez Ochoa

EL SILENCIO DE LA ESPIGA III

SILENCIO DE LA ESPIGA

III

Trazar la órbita

no consiste

en medir la distancia.

Es seguir

la lenta claridad

hasta que la mirada

aprende

a escuchar.

Entonces

aparecen

las voces más antiguas,

esas presencias

que permanecen

detrás del fuego,

como la respiración

del paisaje.

Tus formas

no interrumpen la luz.

La conducen.

Su desnudez

guarda

el orden silencioso

con que la tierra

abre

cada mañana.

Anochece

sobre mi rostro.

La sombra

no viene

a ocultarme.

Devuelve

el rumor verde

que asciende

desde el árbol

hasta el corazón.

Mi mano

ya no busca poseer.

Se abre,

como la piedra

que aprendió del río

la paciencia

de permanecer.

Por tus caricias

viaja el mundo.

Los espejos

pierden

su antigua rigidez.

Cada beso

ensancha

el silencio.

No lo rompe.

Lo vuelve

habitable.

La sal

conoce el mar

porque aprendió

la sed.

Así también

el deseo.

Nace pequeño

y lentamente

encuentra

su fuerza.

Observo

una hormiga.

Lleva

sobre el cuerpo

la gravedad

de la espiga.

Cada paso

abre

un sendero

invisible.

Le bastan

la hoja,

la piedra,

el aire.

Entonces comprendo

que toda huella

es una forma

de la luz.

También nosotros

dejamos una

cuando el amor

aprende

a caminar

sin imponerse.

La hoja

acepta

el silencio

del otoño.

No se resiste.

Sabe

que toda caída

es también

una forma

del regreso.

Mientras la tarde

desciende

sobre la tierra,

tu respiración

continúa

trazando

la única órbita:

la que conduce

desde la palabra

hasta la presencia.

El silencio

guarda

antiguos quejidos.

Pero basta

la mañana

para despertar

la piedra

y devolver

la luz

a su comienzo.

Me dejo llevar

por el aire

que madura

entre los mangos.

Cada ráfaga

conoce

el camino

del mar.

Un ave

atraviesa

la humedad.

En su vuelo

las ideas

abandonan

su dureza.

Tu sombra

recoge

el grito

hasta convertirlo

en serenidad.

Cuando la ola

olvida

el nombre

de la noche,

permanezco

bajo la hondura

de tus párpados.

No espero.

Habito.

Los árboles

levantan

su respiración.

El viento

reúne

la memoria

del temporal.

Y tus manos

se disuelven

en la luz.