El aroma que no olvido
es tu aroma al buen café
y el amor que le mezclé,
de tu corazón querido.
¿Y el recuerdo? ¡Bienvenido!
Porque huele acanelado
cuando está recién sacado
y cocido en la jarrita
con un trozo de semita
que hoy alegre he recordado.
¡Qué bonita remembranza
como aquel arroz negrito
con café bien calentito
siempre lleno de esperanza!
Tu recuerdo ahora afianza
ese toque en la cocina
y una sopa de gallina
(aunque no era muy frecuente),
con su aroma ya envolvente
como nadie lo imagina.
Y el arroz con chacalines
muchas veces con ostiones
sin haber competiciones
se gozaban los festines.
Nos hacías tallarines
(macarrones, los llamabas)
y la salsa que le echabas
daba un toque muy sabroso
con el queso que oloroso
con ternura le adosabas.
Cocinabas siempre rico
con especias naturales
en las ollas y comales
que de barro vi de chico.
Y estos versos que publico
pintan esa trayectoria
cual vestigios de tu historia
que jamás olvidaré
ni el olor de aquel café,
que pervive en mi memoria...
Y el andar en callejones
de visita a Santa Elena
sobre tierra, sobre arena,
me remueven emociones.
Y en aquellos madrugones
en el rancho de mi tío
(el que nunca tuvo un crío
y su nombre era Gerardo),
sus recuerdos siempre guardo
con frescuras cual rocío.
Despertarse era alegría
escuchando una tonada
o tal vez, la carcajada,
de quien tanto yo quería
si mi madre le decía
algún chiste con jolgorio
de don Goyo (don Gregorio).
Y mi padre en un tapesco
en aquel ambiente fresco,
se sumaba al repertorio.
Todo aquello era bonito
en medio de la pobreza
y el amor era riqueza
en aquel lindo ranchito.
Y aunque el ser es tan finito
el recuerdo nunca muere
y entre más añejo adquiere
un valor irrenunciable
porque se recuerda afable
lo que el alma siempre quiere...
Hace tantas primaveras
que pasó lo que describo
y pensando en ti hoy escribo
los recuerdos de a de veras.
¡Noventa y tres primaveras,
celebrando tú estarías
con marcadas alegrías!
Y hoy que he vuelto a recordarte
dejo en versos buena parte
del amor que nos tenías...