Toda mi vida transcurre en mí,
y en la noche incierta el bagaje del pasado
se desplaza en mí otra vez,
y sueño con el desorden de mis sentidos,
como un alma errante asisto al levantamiento de mi niñez,
ahora desplazada del centro, misteriosamente enmáscarada y tibia.
Me invade el sueño de aquel que fui,
solo en mis sueños como siempre me encuentro,
pulsando en un deseo irreal de trascendencia y contemplación,
ahora los dos espejos se ven y se fusionan,
el niño que, aún muerto respira, y el hombre que, aún despierto, sueña.
Puntos en el horizonte se mueven, y como en un sueño, nunca son lo que son,
lentas imágenes poéticas me invaden poco a poco,
se llevan de mí una parte, y al volver de la lejanía, me devuelven inmensamente lo poco que se llevaron.
Siempre habrá en el mundo escenarios imaginariamente reales, animales surrealistas con inmensas voluntades, sensibilidades e infinitas identidades, siendo yo también un animal definidamente indefinido.
Ser alguien es tener un rostro, y hasta mi propia conciencia es un engaño,
que propicia a mi cuerpo a ser un reflejo abstracto de mi propia mente,
No soy importante para el universo,
y acaso no temo a la muerte porque no la concibo como tal,
voy a estar vivo, en el interior de una vida más auténtica, cuando supere a la muerte colocándola en un lugar más humano,
impregnándole otro sentido y otra forma,
asumiéndola como parte del ciclo vital,
es decir, sólo aceptarla es derrotarla.
Comienzo a ver el cielo estrellado, el pasado y el futuro fluir en un instantáneo movimiento espacial,
y me pregunto si todas esas estrellas viven en simetría entre sí, y si están sometidas como yo, a un orden superior, a una configuración abstracta de su razón de ser o a una fuerza lineal y objetiva que las mueve porqué sí.