Luis Barreda Morán

El país que llevo dentro

El país que llevo dentro

No nací para pertenecer a un mapa,
sino al camino.

Desde que aprendí a caminar,
la tierra dejó de ser una herencia
y se convirtió en una pregunta.

He dormido bajo techos
que jamás aprendieron mi nombre,
he compartido el pan
con quienes hablaban lenguas
que no entendía,
y aun así
descubrí que el hambre
pronuncia el mismo idioma
en todos los rincones del mundo.

Dicen que soy extranjero
porque mis documentos
cambian más rápido
que las estaciones,
porque mi voz
lleva el polvo de muchos caminos
y mis ojos
guardan horizontes
que ellos nunca han visto.

Pero nadie es extranjero
ante la lluvia.
La lluvia no pide pasaporte.
El sol no pregunta
de qué lado de la frontera
nació la semilla.
El viento
no conoce aduanas.

He cruzado desiertos
donde la sed
aprendió a pronunciar mi nombre.
He navegado mares
que parecían tragarse la esperanza.
Cada paso
ha sido una renuncia,
cada amanecer
una victoria diminuta
contra el miedo.

Atrás quedaron
las fotografías descoloridas,
la casa que aún me llama en sueños,
los árboles
que siguen creciendo
sin saber que ya no vuelvo
a sentarme bajo su sombra.

Sin embargo,
llevo mi patria escondida
en gestos pequeños:
en la forma de partir el pan,
en la canción
que tarareo sin darme cuenta,
en el olor de una cocina imaginaria
que aparece de pronto
cuando cierro los ojos.

He comprendido
que la identidad
no es una bandera clavada en la tierra,
sino una llama
que viaja con nosotros
sin apagarse.

Soy descendiente
de todos los que caminaron
para salvar a sus hijos,
de quienes cambiaron
el miedo por la esperanza,
de quienes sembraron
en tierras ajenas
sin dejar de amar
la tierra que perdieron.

No vine a quitarle el lugar a nadie.
Vine a buscar un lugar
donde la noche
no tenga el sonido de las sirenas,
donde el pan alcance para todos,
donde un niño
pueda aprender primero su nombre
antes que el de la guerra.

Si alguna vez me preguntas
de dónde soy,
no mires mis papeles.

Mira las cicatrices
que el camino escribió en mis manos,
la paciencia
que floreció entre mis silencios,
la fe obstinada
que sigue levantándome
después de cada caída.

Porque pertenezco
al inmenso pueblo
de quienes hacen del horizonte
su única frontera.

Y mientras exista un ser humano
obligado a partir
para defender la vida,
ningún migrante caminará solo.

En cada uno de nosotros
viaja el mismo corazón,
la misma sed de dignidad,
el mismo deseo antiguo
de encontrar un sitio
donde llamar hogar
a la esperanza.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Julio, 2020.