Fui faro en una costa oscura,
gastando mi luz contra la marea,
creyendo que algún barco agradecido
buscaría mi brillo entre la niebla.
Pero el mar me enseñó una verdad sencilla:
no toda embarcación merece un puerto,
ni toda travesía justifica
el sacrificio de quedarse quieto.
Te vi como un jardín tras el invierno,
y puse agua donde solo había arena;
cuidé semillas que nunca despertaron
y esperé flores que jamás llegaron.
Hoy entiendo que hay montañas que no se mueven
aunque uno les entregue todos los senderos;
y que no vale dejar el propio cielo
por perseguir estrellas sin destello.
Porque la mayor derrota no fue perderte,
sino olvidarme de mí mientras te esperaba.
Y ningún árbol debe arrancar sus raíces
para sostener una rama quebrada.
Por eso cierro la puerta sin ruido,
sin rencor, sin tormenta y sin condena;
hay decepciones tan profundas y tan claras,
que convierten el adiós en una recompensa.
Y aprendí, al final de la tormenta,
que hay personas por las que vale darlo todo...
y otras que, con lo que muestran ser,
no valen ni una sola de nuestras renuncias.