Alberto Escobar

Toast

 

 

Hoy descanso, trabajo el sábado, y como mi contrato es de cinco días a la semana, me toca descansar un día de los que de toda la vida de dios se han destinado a trabajar; el domingo a descansar, como mandan los evangelios —sin ser religioso—. Hoy descanso; pienso y decido hacer algo diferente, que sienta, no solo que piense, que estoy de vacaciones o, para ser más exactos, de día de asueto. Tras pensar durante la eternidad de tres segundos decido ir a desayunar abajo, al Carbón, un bar donde las veces que he ido —pocas— he desayunado bien —solo una vez cené, con Sara, que es pasado—, la última vez con mi churri. Voy a la barra a elegir con qué romper el ayuno, me voy fuera, corre una brisa de playa, me siento mirando a los coches aparcados, también a la gente que por azar pasa, intento adivinar por la narrativa de sus gestos cómo viven, cómo fluyen en el día a día, qué clase de dios les habita dentro, si son la clase de personas que me gustaría conocer si el azar lo dispone, y cosas así —la mente es un rabo de perro chico, jaja—. Me llega la tostada, media, de aceite con tomate triturado, el café con leche, y la sonrisa de la chica que con gracia habita el más allá del mostrador —se ha merecido una propina, pensé—. Me levanté y me di una vuelta a ningún sitio, un flaner de tres al cuarto, y, después de media hora de bajar la tostada, me topo de frente con una de las personas que analicé mientras esperaba —una chica—, me recordó, me preguntó a dónde iba...