No hay palabra entre nosotros. Solo este peso tibio sobre el empeine, un ancla de pelo y sangre que fija el cuerpo a la madera fría.
Él sabe del viento antes de que tiemble la cortina. Vigila la frontera del pasillo: mi sombra es también su territorio.
Nos miramos en el silencio limpio del salón. En sus ojos negros se detiene la luz de la ventana. Un presente de hocico húmedo que mide mi respiración.
Dos bestias cansadas sobre el mismo trozo de suelo. El pacto es sordo. Basta su peso para que la noche no entre.
Antonio Portillo Spinola ©