Soy un castillo hecho de arena fina
que teme al mar, pero codicia el viento,
una certeza que ante el sol declina,
un laberinto de firmeza y cuento.
Presumo de armadura en la batalla
y busco el hierro para estar seguro,
mas bastan un susurro y una laya
para quebrar el más soberbio muro.
Quiero volar con alas de ceniza,
cerrar la herida y guardar el fuego;
soy la marea que jamás avisa,
el paso en falso que define el juego.
Me contradigo en cada madrugada:
prometo luz y me disuelvo en sombra,
abrazo la verdad más anhelada
mientras el miedo, a media voz, me nombra.
Amo el refugio de mi propia celda
y al mismo tiempo lloro por la llave;
mi mente es una selva que se enreda,
un vuelo ciego de una torpe ave.
Y sin embargo, en esta grieta abierta,
donde se cruzan el error y el tino,
encuentro al fin la única compuerta
que me devuelve a mi real destino.
No soy de mármol, ni de bronce eterno,
ni una ecuación de lógica perfecta;
soy el invierno y el calor fraterno,
la dulce imperfección que me proyecta.
Porque en el roce de mi propia quiebra,
en el vaivén de lo que siento y digo,
el hilo de la vida se celebra:
saberse vulnerable es estar vivo.