Hay días en que las horas erosionan la piel de mi frente como un mar bravío la ladera de un acantilado. Sin embargo, la vida no llega con grandes revelaciones, sino con una sombra tendida sobre la mesa, con el humo hilvanado en el aire de una taza de té reposando en la tarde, con esa manera tan discreta que tienen las horas de ir gastándonos por dentro. Entonces uno entiende que también se aprende a vivir en lo mínimo, en lo que no hace ruido, en lo que apenas sostiene.
Hay una belleza difícil en aceptar que no todo se ordena, que no todo se nombra, que no siempre se sale ileso de lo que amamos ni de lo que creemos. Pero incluso ahí, en esa intemperie, en la herrumbre de una ciudad en ruinas, algo persiste: una forma de luz que no consuela del todo, pero acompaña; una respiración que insiste; una claridad pequeña, casi secreta, que nos obliga a seguir.
Y quizá vivir sea eso: permanecer un poco más allá del derrumbe, mirar de frente el amor que duele sin convertirlo en destino, dejar que el tiempo haga su trabajo sin entregarle también el corazón. Aprender, al fin, a no pedirle ni a la arruga ni a la cicatriz que desaparezca para poder reconocer la antigua y obstinada belleza de lo que fuimos.