Mil vaggio

Sobre la tristeza.

Hay que secuestrar la tristeza, desterrarla; no por una eternidad, tan solo por unos días, quizá un mes. Amansarla y adiestrarla, alimentarla por momentos, quizá en las noches solitarias o a mitad del día, cuando uno se torna taciturno y sentipensante.
Hay que encerrar la tristeza, quitarle su pasaporte y su carné de identidad, dejarla vulnerable y sumisa. Quitarle las llaves de nuestro espíritu y cortarle las alas, para que venga solo cuando nos sea preciso el llanto.