En la penumbra callada de la noche,
tu nombre surge como un eco lejano;
y aunque mis labios lo pronuncien quedo,
mi corazón lo grita en desvarío humano.
La brisa vaga acaricia mis sienes,
como si fueran tus manos perdidas;
y en cada sombra que el silencio guarda,
te busco, amor, con ansias encendidas.
¡Oh ausencia cruel, que hiere y desgarra,
más que la daga en el pecho doliente!
Tu imagen vive, aunque tú no estés,
como un fantasma dulce y persistente.
Si alguna vez regresas a mis días,
hallarás flores brotando en mi herida;
pues, aunque el tiempo me robe la calma,
tu amor ausente me sostiene en esta vida.