Me rindo
ante la carne que seduce,
ante los besos
que ensanchan el océano
y la lenta alquimia del roce
cuando tus dedos despiertan
la memoria dormida del deseo.
Me rindo
en la luz que derraman tus ojos,
en el incendio silencioso
que nace cada vez
que pronuncio tu nombre:
Mujer.
Me rindo
a esta hambre antigua
que inclina mi orgullo
como el árbol vencido
por el peso del fruto.
Y cuando la alcoba,
abrazada por la penumbra,
nos invita
a desaparecer del tiempo,
me rindo.
Como el lobo
que por fin encuentra
la voz de su manada.
Como el navegante
que deja de luchar
contra la marea.
Como el clérigo
que pierde la fe
para descubrir,
en un solo beso,
otra forma de eternidad.