JordiCris

La memoria es una acrópolis.

 
Los relojes pastan
los prados del tiempo
bajo nubes de piedra
mientras los retales del viento
remiendan abrigos de silencios.
 
Los recuerdos son aves
que migraron hace tiempo
allá donde el pasado olvida su nombre
para volver como niebla gris mañana.
 
En el bolsillo de una estatua dormida
las imágenes beben un vino añejo
y con cada espejo, ellas, nos devuelven
el rostro que jamás llegamos a ser.
 
El tiempo es un árbol
que florece con las raíces hacia arriba
y las ramas hacia abajo,
como en la vida de Benjamin Button
contando o yendo hacia atrás.
 
Las agujas del reloj pretérito
giran al revés de la rotación de la Tierra
como si la lluvia pudiera recordar secando
la tierra para que volvamos a nacer y a vivir.
 
Entonces, aparece la ensoñación, descalza,
con los pies llenos de arena,
preguntando a las sombras
si el mañana nació antes que
el ayer o es el reloj al darle la vuelta
el que vuelve a traer los granos del pasado.
 
Y la disyuntiva abre dos puertas:
en una, la vida repite sus pasos como un pájaro
encerrado en una campana; intentando migrar
a ninguna parte, dando vueltas sin parar y,
en la otra, el olvido escribe con la tinta invisible
e ilegible que narra la biografía de lo imposible
y, hay que echarle limón para que se revele.
 
Yo elijo caminar entre ambas,
porque sólo quien atraviesa lo absurdo
descubre que la memoria
 
no guarda el pasado, sólo lo sigue soñando;
porque el pasado está muerto
o quizá fue una ensoñación que no existió;
por eso, yo creo, que la memoria
es solo una acrópolis que visitar
porque la historia que cuenta puede ser cierta,
soñada, mitológica o incluso la suma de todas,
pues una acrópolis por bella que sea
no deja de ser una ruina traicionera del pasado
que intenta contarnos cosas hoy desde el ayer,
 
Mi poesía
Poema 53
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