Muchas flores se mecían evitando el roce de sus garras. Solo cuando el cansancio del aleteo lo venció decidió posarse sobre los pétalos de una flor blanca; transparente, diría. Temía desgarrarla con sus torpes garras, pero al sentir la tibieza de su estilo y de su filamento, dejó de batir las alas y retrajo las garras. El cálido néctar de aquella flor fue tan embriagante que se abandonó a él, cayendo rendido entre sus pétalos.
Entonces me preguntó por qué algún día tendría que partir.
Y yo aún no encontraba la respuesta...
Hoy me pregunta por la separación, sabiendo que todavía no se ha ido.