Vivimos creyendo que lo extraordinario ocurre en los grandes acontecimientos, cuando, en realidad, la vida suele esconderse en aquello que pasa desapercibido.
En la luz que entra por una ventana, en una taza de café que se enfría mientras pensamos, en el viento que mueve las hojas sin pedir permiso, en una fotografía que, de pronto, nos devuelve un recuerdo que creíamos perdido.
Quizá por eso la belleza nunca ha necesitado hacer ruido, siempre ha estado ahí, esperando a que alguien la mire con el corazón despierto y tal vez ese sea el verdadero propósito de la luz; no iluminar únicamente los paisajes, sino revelar aquello que el tiempo, la prisa y las heridas habían cubierto de sombra.
Porque el alma no siempre necesita respuestas, a veces solo necesita un poco de silencio, un instante para respirar... y la certeza de que, incluso después de las noches más largas, sigue existiendo algo digno de contemplarse.
Ella es ese ejemplo perfecto...