No busques la perfección, porque ella habita en las máscaras que el tiempo termina por romper. Busca, en cambio, la verdad de tu propia esencia, pues solo aquello que es auténtico resiste el juicio de los años.
El río no envidia la altura de la montaña; el sol no compite con las estrellas. Cada uno cumple el destino para el que fue creado.
Así también el ser humano: no alcanza la grandeza cuando imita a los demás, sino cuando tiene el valor de ser aquello para lo que nació.
Porque la perfección despierta admiración; la autenticidad despierta eternidad.
Y al final, no serán recordados quienes fueron impecables, sino quienes fueron imposibles de confundir con nadie más.