JUSTO ALDÚ

ME GUSTAN TODAS

Me gustan todas, lo digo sin prisa,
cada mujer lleva un sol en la piel;
unas despiertan con flor de sonrisa,
otras con fuego, con luna y clavel.

Me gustan todas, distintas y ciertas,
cada belleza florece a su modo;
unas son mares, otras son desiertas,
y en cada alma descubro un tesoro.

Las mexicanas derraman colores,
como un mariachi bordando la aurora;
llevan la fuerza de antiguos amores,
y un corazón que jamás se evapora.

Las hondureñas son brisa y montaña,
visten de selva la luz de su andar;
cuando una ríe, la tarde se baña
con el cristal de un sereno cantar.

Las guatemaltecas guardan quetzales,
cielos de jade, maíz y esplendor;
brotan leyendas de viejos rituales,
y en su sonrisa florece una flor.

Las nicaragüenses bordan auroras,
junto a los lagos de inmenso azul;
llevan sonrisas que encienden las horas,
como una estrella bañada de luz.

Las ticas llevan la paz en la frente,
llueve esperanza detrás de su voz;
ríe la vida si pasan de frente,
como si el mundo alabara a su Dios.

Las panameñas, puentes de espuma,
mezclan océanos en su mirar;
besa el Caribe la noble laguna
que en sus pupilas aprendió a soñar.

Las colombianas perfuman la brisa,
traen cafetales bordando el confín;
guardan la gracia, la luz y la brisa,
como un eterno jardín de jazmín.

Las venezolanas tienen luceros
que hacen del alba un vestido de abril;
bailan los vientos, despiertan senderos,
cuando sus pasos dibujan perfil.

Las ecuatorianas guardan volcanes
bajo la calma serena del ser;
nacen jardines, despiertan cantares,
cuando regalan la luz de un querer.

Las peruanas, de historia infinita,
llevan los Andes cantando en la voz;
cada mirada parece una cita
hecha de tierra, de cielo y de Dios.

Las bolivianas conocen la altura
donde los cóndores besan el sol;
llevan el alma vestida de pura
fe que florece cual rojo arrebol.

Las chilenas, de mar y cordillera,
tejen con viento su forma de amar;
toda su esencia parece bandera
que al horizonte se quiere abrazar.

Las argentinas despiertan guitarras,
baila la noche prendida al farol;
cada mirada desata amarras
como un poema vestido de sol.

Las uruguayas son calma y rocío,
mate y ternura junto al corazón;
dejan al tiempo cruzando un río
hecho de música y conversación.

Las paraguayas florecen sencillas,
como un lapacho pintando el confín;
guardan el canto de antiguas semillas
que hacen del alma un eterno jardín.

Las brasileñas convierten la arena
en un latido de samba y tambor;
todo su paso derrama azucena,
todo su abrazo se vuelve calor.

Y las caribeñas… ¡cómo olvidarlas!,
si son la espuma besando el coral;
cubanas, haitianas, dominicanas al alba,
boricuas, jamaicanas… sal y cristal.

Beliceñas, bahameñas sonrientes,
barbadenses de brisa de mar;
trinitarias de ritmos ardientes,
antillanas que invitan a amar.

Las españolas, de encanto y salero,
bailan la vida con dulce compás;
guardan el sol en su alegre sendero,
y en sus pupilas descansa la paz.

No hay una sola que eclipse a las otras,
ni una belleza que valga más que otra;
cada mujer es un cielo que brota,
cada mujer es un mundo que flota.

Me gustan todas, lo digo cantando,
porque la vida las quiso crear;
cada una tiene un milagro esperando,
cada una enseña una forma de amar.

Si Dios pintara otra vez el paisaje
con los colores del amanecer,
haría mil pueblos, mil rostros, mil viajes…
¡y todas bellas volverían a ser!

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