Un roble, soberbio por su altura, contemplaba desde lo alto el bosque entero. Cada mañana se jactaba de tocar las nubes, mientras el viento repetía sus palabras entre las ramas.
A sus pies vivía una pequeña violeta. Nadie levantaba la vista para verla, pero cada amanecer perfumaba el sendero por donde caminaban los niños, los ancianos y los vecinos.
Llegó un invierno de tormentas. El rayo partió el tronco del gigante, y el roble cayó con estrépito. Cuando volvió la primavera, donde antes hubo sombra y orgullo, solo quedaba un tronco vencido.
La violeta, en cambio, volvió a florecer silenciosamente.
Entonces comprendieron los caminantes que la verdadera grandeza no consiste en ser visto por todos, sino en hacer el bien aun cuando nadie mire.
Emiliodr/Julio 12/26