La ciudad en julio como que duerme, o al menos, según la hora, parece aletargada, somnolienta; las obras abarrotan las calles como si la ciudad, soñando profunda, transitara una fase REM demasiado larga, tanto que, empezando en julio por aquello de la quietud, trascendiera la canícula y la trasvasara, sin ser esa la intención de los promotores, hasta la pesadilla. Salgo ya de noche, a eso de las diez y media, y camino hasta el centro, en dirección oeste, por dar una vuelta, por salvarme de un techo que amenaza con desplomarse sobre mi cabeza. Comeré algo antes de ir a Dadá, a ver quién toca. Me produce cierto alivio caminar por la ciudad como dormida, me ayuda a ensimismarme, a ver si algo dentro está fuera de su sitio, a repasar lo ya repasado. Hay gente delante de mí, pediré dos cuñas de pizza, de las que prefiera de entre las que se expongan en la vitrina. Sigo viniendo aquí a pesar de los años, como si algo en mí todavía no hubiera cambiado. En Dadá los minutos pasan lentos; el local tiene sus horas, la afluencia es menor que en invierno por aquello de las playas y por tener una parroquia antigua y fiel, una parroquia que cumple con sus deberes estacionales. El grupo musical contratado hace tiempo, espera a que la densidad de la pista al pie del escenario sea suficiente para justificar el arranque, un desparrame musical como el lugar exige. Bailo y miro a los lados en busca de otros ojos, y alguna sonrisa se me rebota, y me inunda... Y bailo, y el bailar invita a seguir bailando como si los huesos al moverse generaran una especie de sustancia psicotrópica, adictiva; y giro la cabeza al bailar en busca de cómplices, a ser posible femeninos, a los que seducir con la energía que va brotando. Noto que la saliva me pide líquido; me dirijo a la barra más próxima a por una cocacola, los que están detrás me conocen y me dan preferencia, vuelvo a donde estaba, la chica con la que intercambiaba miradas me esperaba, o eso quiero creer, y sigo bailando en el punto donde lo dejé, como mi madre cuando reanudaba el crochet después de tenerlo que dejar para atender las labores.