Caminaba sin rumbo, sumergido en aquella noche perpetua, caminaba para no volverme loco porque no existía un destino o algún final en este infinito. De igual manera, calmadamente seguía deambulando, intentando no perturbar la paz de aquel ruidoso silencio, como un equilibrista avanzando con cuidado en línea recta pero sin tener la seguridad de ello.
De cierta forma me sentía seguro de existir así, era confortable habitar en aquella burbuja familiar en la que no se podía fallar porque nada realmente importaba.
Y en aquella monótona peregrinación, en aquel sinsabor, cierto día vi caer una pequeña luz, tal vez del tamaño de un grano de arena, que caía con la gracia de un ángel. Caía cual pluma en aquel vasto vacío oscuro e imperturbable. Esa pequeña luz se apagará y todo volverá a ser como siempre, me dije, convencido de que nada cambiaría.
Fue así que, antes de tocar el suelo, todo se paralizó, un torbellino se formó tomando como centro eso ajeno y la claridad se expandió, y súbitamente me sentí arrancado de mi sinsentido y gentilmente fui invitado.
Me acerqué temeroso a abrazar la claridad, quizás pensando que podría volver a vivir en la oscuridad, cual criatura nocturna que se ve forzada a dejar su plácido sueño, pero no. Ya nunca más querría caer en tal desgracia, y desde ese día camino en la vasta oscuridad, engullido por el más sombrío de los caminos, pero sin dejar jamás ese regalo que ilumina mi camino, aun sin saber mi destino, pero con la plenitud de saber que avanzo inclaudicable hasta llegar.