José Antonio Artés

LA FRAGILIDAD DEL AMOR

Nada podía demoler aquel hogar.
El amor lo había levantado
con los materiales de las emociones,
en apariencia más sólidos
que el hierro y el hormigón.

 

Sus muros estaban hechos de confianza,
sus ventanas daban a los sueños
y bajo el mismo techo
la vida parecía protegida
de todas las tormentas.

 

Pero el tiempo, ese paciente observador,
descubrió unas grietas diminutas,
heridas que ninguno de los dos podía ver
y que, como termitas silenciosas,
fueron devorando los cimientos.

 

Primero cambió la luz de las habitaciones.
Después, el calor de las palabras.
Lo que antes alimentaba sus almas
sin dejarles nunca hambrientos
comenzó a parecerles insuficiente.

 

Ya no bastaban las caricias,
ni la verdad desnuda de los días.
El mundo les ofrecía otros espejos:
el brillo de las apariencias,
la admiración de los extraños,
la promesa material de una vida
que siempre parecía estar en otra parte.

 

Y la casa,

todavía en pie,
comenzó a quedarse vacía.

 

 

Nadie habría imaginado
que aquellos muros inexpugnables,
capaces de resistir el dolor
y el peso de tantas estaciones,
pudieran derrumbarse
en silencio,
sin violencia alguna,
antes incluso de librar
su última batalla.

 

No los vencieron la distancia,
el cansancio
o el lento avance del olvido.

Los derribó algo mucho más frágil
y, sin embargo, más poderoso:

el instante en que dejaron de reconocer
como hogar
todo aquello que habían construido.

 

José Antonio Artés Sánchez