Luis Barreda Morán

La Ciudad donde la Luna aprende a Llorar

La ciudad donde la luna aprende a llorar

La luna no cayó del cielo;
eligió esconderse
en un charco olvidado
entre el cemento y los semáforos,
porque desde allí
podía mirar de cerca
el rostro de quienes nunca levantan la vista.

Bajo un puente
un niño conversa con el viento.
No pide juguetes,
ni promesas,
ni milagros.
Solo pregunta
cómo hacen los pájaros
para no olvidar el camino del cielo.

La ciudad responde
con el ruido de las monedas,
con relojes que corren más rápido
que los sueños,
con edificios que crecen
mientras la infancia
se hace cada vez más pequeña.

Aquí los años
no llegan caminando;
caen de golpe
sobre los hombros de los niños,
los convierten en obreros,
en vendedores de esquinas,
en sombras que aprenden demasiado pronto
el precio del pan
y el valor de un silencio.

Dicen
que todo puede comprarse.
El tiempo.
La justicia.
La belleza.
Hasta el amor,
si el bolsillo pesa lo suficiente.

Pero nadie ha encontrado aún
una moneda
capaz de devolverle
a un niño
la tarde que le robaron.

La noche los arropa
con una manta de estrellas rotas.
Duermen donde pueden,
abrazando el cansancio
como si fuera un hermano mayor.
Sueñan,
porque incluso la pobreza
no ha conseguido prohibir los sueños.

Y mientras tanto,
la luna sigue navegando
sobre las aguas oscuras de la ciudad,
como un farol obstinado
que se niega a apagarse.

Quizá espera
que algún niño vuelva a mirarla
sin miedo,
que alguna risa
rompa el cristal del abandono,
que algún adulto recuerde
que también fue pequeño
antes de aprender
a medir el mundo
por el tamaño de una cuenta bancaria.

Entonces la ciudad
dejará de ser una jaula
y volverá a ser camino.

Y la luna,
por fin,
abandonará el agua,
porque ya no necesitará
esconder su tristeza
en el reflejo de nuestras noches.

—Luis Barreda/LAB