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El ultimo penitente

El último penitente
 
Un joven pidiendo perdón la recibe,
aquel que el mundo conoció como el proscrito,
clavado en madera, atravesado, herido,
sin ropa, sin gloria, sin nadie a su lado.
 
Su cuerpo fue leño, su sangre camino,
su único crimen: amar sin medida,
y el castigo, frío, pesado, infinito,
fue escuchar tan solo tres palabras dichas.
 
«Hoy estarás conmigo», dijo la voz quebrada,
mientras el hierro muerde carne y memoria;
el primer ladrón, que supo arrepentirse,
halló en el suplicio la única gloria.
 
 
 
Mi gran culpa
 
Por muchos años, en la sombra he vivido,
mirando aquel árbol, testigo del milagro,
donde la justicia se vistió de pecado
y la inocencia pagó nuestra deuda.
 
Allí nació el primer milagro silencioso:
un cielo abierto para quien se confiesa,
un paraíso prometido al que espera,
al que rompe el orgullo y baja la cabeza.
 
Yo fui el otro, el que maldijo su suerte,
el que escupió al rostro del que no ofendió,
ciego por el miedo, sordo al llanto ajeno,
mientras el mundo giraba y el alma se perdió.
 
Vi cómo se apagaba su último aliento,
vi la tierra temblar y el velo rasgarse,
y recién entonces, en el frío del madero,
sentí que mi culpa empezaba a pesarse.
 
 
 
El camino del perdón
 
Pasaron las lluvias, secaron las flores,
el tiempo borró la sangre de la madera,
pero en mi pecho quedó la memoria:
la voz del condenado, su luz verdadera.
 
El primer ladrón halló su descanso,
siguió el sendero que lleva a la calma;
yo me quedé aquí, entre muros y sombras,
buscando el rastro que sane mi alma.
 
Años después, vuelvo a este lugar,
donde la muerte se rindió ante la vida;
no busco milagros, ni fama, ni gloria,
solo que mi llanto rompa la herida.
 
El último penitente, aquí, al borde del camino,
sabe que la gracia no tiene medida:
lo que pedimos con el corazón roto,
lo recibimos con las manos vacías.
 
No importa cuán tarde llegue el arrepentimiento,
ni cuánto tiempo tardemos en volver;
la puerta está abierta, la luz no se apaga,
y el perdón espera, siempre, al que sabe querer.