Tengo miedo: creo que me estoy apasionando,
aunque, en efecto, ya he empezado a tomar
ciertas medidas de contingencia.
«Creo que me estoy apasionando...»
El sol derrite mi piel:
da en mí con la vehemencia
de tantos atardeceres que ya no recuerdo,
y a ratos, así, inerme,
empiezo a entender el zumbar lastimero del viento;
ese mismo viento que gira y canta
lo que yo callo.
Para no apasionarme he empezado a elevar muros:
muros que suben queriendo ocultar el sol,
muros que no permitan fluir el río bajo el puente,
muros que tampoco dejen brotar la fuente.
Aunque, después de todo, lo sé:
mi perdición es mi defensa.