En la rama más alta, en el extremo más fino,
hubo un tiempo en que brillaba bajo el sol más claro;
compartía el aliento, el rocío y el destino,
entre cientos de hojas que el viento mecía despacio.
Pero llegan los días en que todo se transforma,
cuando el calor se apaga y el cielo se viste de gris;
poco a poco se aleja la savia que le daba forma,
y el árbol se prepara para dejarla partir.
Se desprende sin prisa, sin quejarse, sin ruido,
girando en el aire como un recuerdo que vuela;
ya no tiene hogar, ni compañero, ni abrigo,
solo el vacío inmenso que su soledad revela.
El viento la arrastra por senderos desconocidos,
a veces la levanta, a veces la deja caer;
pasa junto a caminos, por lugares olvidados,
donde nadie se detiene para mirarla ni ver.
Su color se vuelve pálido, pierde su antiguo brillo,
sus bordes se secan y se pliegan con dolor;
lleva grabada en sus venas cada instante vivido,
y la melancolía es el peso de su propio sabor.
Cuando por fin reposa sobre la tierra fría,
ya no hay susurros de ramas ni cantos de ave alrededor;
solo el silencio profundo que la acompaña día tras día,
y la certeza de ser solo un resto de lo que fue mejor.
[7/7 4:39 p. m.] F: No es tristeza sin sentido, ni deseo de volver,
es esa calma honda que nace de lo que se fue;
la soledad es su espacio, su refugio y su fe,
y la melancolía, el lenguaje que solo ella sabe entender.
Así yace la hoja, callada y resignada,
guardando en su pequeña forma toda una historia de vida;
y nos enseña que a veces, en la ausencia más profunda,
se revela lo que queda cuando todo se despide.