Los pájaros de la tarde acallaron su canto
se fueron despidiendo uno a uno en secreto,
se volvieron mudos de repente,
y las flores del jardín que un día nos prometimos
decidieron no nacer para nosotros.
El rostro amarillo de la tarde
hace correr las aves a sus nidos.
En mi memoria está grabada la escena
de aves juglares que cantaban en las tardes
entre bemoles y fusas
cuando mis manos conquistaban tu cuerpo,
y las noches tenían otro sentido.
Cómo se escapa el tiempo en los atardeceres,
cómo cada mañana nos acerca a la muerte
en cada circunstancia,
en el parpadeo azul
de mariposas que escaparon del vientre.
No me esperes a la hora de volver,
pues no se si regrese.
No me esperes sentada junto al piano,
para tomarnos el café
que nos gustaba colar con nuestras pieles
en todos los rincones que compartimos juntos,
porque no se si vuelva.
Y si un día de esta historia no regreso,
olvida la promesa de aquella habitación;
y cuando cierre el telón de mi último acto,
no me lleves las flores que un día nos prometimos,
espárcelas al viento y déjalas volar con mi memoria.