D. Méndez

Bestiario

Dicen que el amor tiene alas,

pero nadie habla de los colmillos.

Se parece más a un monstruo.

A veces llega como un canto de sirenas:

te promete la orilla

mientras afila el naufragio.

 

Otras veces es el Minotauro,

esperándote en el centro del laberinto

que tú mismo construiste

creyendo que era una casa.

 

Tiene algo de Medusa:

basta una mirada

para convertir la razón

en piedra.

Y cuando por fin crees escapar,

descubres que también sabe cambiar de piel,

como la Hidra:

cortas un recuerdo

y nacen dos más.

 

Por eso los enamorados

siempre terminan inventando mitologías.

¿Cómo explicar, si no,

que una sola persona

pueda convertirse

en dios, demonio, patria y exilio

en la misma vida?

 

Quizá el amor nunca fue un ángel.

Quizá siempre fue una bestia antigua

que exige sacrificios.

 

Y nosotros,

tan tercos, tan humanos,

seguimos entrando a su cueva

con un ramo de flores en las manos,

convencidos de que esta vez

el monstruo aprenderá a abrazar.