Noventa y seis horas donde el tiempo deja de medirse en relojes y comienza a contarse en heridas. Cada minuto pesa como un año, y la noche, insaciable, extiende su reino sobre mis ojos abiertos.
Las paredes aprenden mi nombre antes que yo mismo. En ellas resuenan voces agrias, ecos que nacen de ninguna parte y de todas al mismo tiempo. Los demonios recorren la casa con la paciencia de quien sabe que nadie los expulsará: atraviesan la cocina, cruzan la sala, se detienen en mi habitación. Yo los sigo, condenado a caminar tras sus sombras, como un prisionero que escolta a sus propios verdugos.
Me asomo al balcón. El viento helado me atraviesa la piel y la luna derrama su pálida luz sobre un mundo que parece haber olvidado mi existencia. Entonces una voz, afilada como vidrio, pronuncia mi nombre una y otra vez. Su llamado perfora el silencio hasta convertirlo en un grito. Yo levanto la mirada al cielo y, con el último aliento que aún me pertenece, lanzo un clamor desesperado que nadie parece escuchar. Y la noche, indiferente, continúa devorando los días sin conocer la palabra piedad.