Emma Gissel Gandara

​El peso del invierno, el brote de la flor.

Dejé la mesa rota, el grito amargo,
las sombras que medían mi silueta,
el llanto que vestía el día largo
y la palabra cruel que me fue impuesta.
​Cerré la puerta con el alma herida,
creyendo que el invierno era eterno,
buscando entre las ruinas de mi vida
un trozo de papel para mi invierno.
​Y de pronto, una voz hecha de calma,
un eco de razones y poesía,
llegó a tocar las grietas de mi alma
con una calidez que no existía.
​Tus ojos ven el mundo entre conceptos,
buscando la verdad en la existencia,
mientras tu piel morena, en mis bocetos,
le da calor y luz a mi impaciencia.
Eres la mente clara que analiza,
el filósofo noble que me piensa,
el que con un mensaje me rescata
y me devuelve una quietud inmensa.
​¿Será que se aprende a ganar perdiendo?
¿Será que el universo se alinea en el papel?
¿Será que el firmamento está queriendo
unir la tierra firme con mi sed?
​No sé qué es este sol que está saliendo,
pero ha borrado el frío de mi piel.
Me miro en tus palabras, soy hermosa,
ya no hay reproche, ni distancia, ni dolor.
A veces, de la tierra más rocosa,
nace la flor más viva del amor.