Món

El santo de papel

No eras un misterio,
eras un disfraz;
un eco repitiendo
que todo era verdad,
mientras vivías
de espaldas a la realidad.

Eras una iglesia vacía
aprendiendo a pronunciar
sermones sobre el amor
sin saberlo habitar.
Nadie vio que aquel altar,
tan cubierto de esplendor,
nunca había conocido
la profundidad del amor.

Qué oficio tan perfecto,
qué impecable función:
predicar con el pecho
y esconder el corazón.
Qué fácil es ser santo
cuando todo es actuación.

Vestías de principios
lo que era evasión;
llamabas \"luz\" al miedo,
\"prudencia\" a la omisión.
Cambiaste los nombres
para evitar la razón.

Hiciste de la virtud
una elegante decoración,
de la humildad un traje,
de la bondad una actuación.
Pero hay santos de papel
que se quiebran con el sol;
ninguna máscara resiste
cuando aparece la verdad interior.

Yo admiré un reflejo
que nunca respiró.
Amé una arquitectura
que el viento derrumbó.
Qué triste descubrir
que el personaje venció.

Había demasiados puertos,
ningún lugar final;
demasiadas promesas,
ninguna para habitar.
Siempre otra salida,
siempre otro umbral;
siempre una nueva puerta
para no mirar atrás.

Qué hambre tan profunda,
qué imposible saciedad:
hambre de los aplausos,
del deseo fugaz.
Como si ningún abrazo
te pudiera bastar.

Necesitabas espejos
para poder existir;
confundías ser deseado
con sentirte por fin.

El ego era un templo
construido sobre el vacío,
una corona de oro
sobre un reino destruido.

La piel se hizo costumbre,
el cuerpo, una estación;
la cercanía, un gesto,
el deseo, una función.

Usaste otros cuerpos
para callar el frío,
pero ningún abrazo
puede llenar un vacío.

Todo empezó a sentirse
liviano y artificial:
palabras de plástico,
risas de cristal,
ternuras aprendidas,
una moral de alquiler.

Hablabas de verdad
con hermosa precisión,
pero el peso de la vida
desmentía la lección.

Y había miedo en tus silencios,
miedo a la claridad;
miedo de que la luz llegara
y mostrara la verdad.

Porque también miente el silencio,
también engaña la omisión;
también se esconde la mentira
detrás de una explicación.

Corrías de ti mismo,
huías de tu interior;
hiciste de la distancia
tu última protección.

Tal vez temías la vergüenza,
tal vez temías caer;
tal vez era más fácil parecer perfecto
que permitirte ser.

Y levantaste una imagen
tan difícil de derribar,
que terminaste prisionero
de aquello que quisiste mostrar.

Porque no basta nombrar la luz
para dejar de ser oscuridad;
ni vestirse de santo
para conocer la humildad.

Hay quienes cargan aureolas
solo para aparentar,
pero tiemblan cuando el espejo
les devuelve la verdad.

No me duele la caída,
me duele la ilusión:
haber cuidado un fuego
que nunca dio calor;
haber llamado \"hogar\"
a una impecable ficción.

Y si algún día te miras
sin público alrededor,
sin versos, sin excusas,
sin tanta decoración,
tal vez encuentres al fin
el rostro tras la función.

Porque ninguna máscara
resiste la eternidad.
La mentira envejece,
la imagen morirá.

Y cuando caiga el silencio
después de tanta actuación,
solo quedará el hombre
frente a su propia verdad.

Entonces dime:

cuando ya no haya ojos
esperando verte brillar,
cuando nadie repita
la historia que aprendiste a contar,

cuando la última máscara caiga
y no tengas dónde correr,
cuando el espejo te devuelva
lo que intentaste esconder...

¿podrás amar al hombre que queda,
o seguirás huyendo de él?