Porque hay personas que no llegan a nuestra vida para quedarse un tiempo.
Llegan para alterar el significado de todo lo que existía antes de ellas. Después de conocerlas, el mundo conserva los mismos árboles, las mismas calles y el mismo cielo, pero ya nada es exactamente igual. Incluso la lluvia cae de otra manera cuando uno ha amado de verdad. Ya no moja únicamente la piel; también despierta los recuerdos que el corazón había fingido olvidar.
Hay quienes creen que el amor termina cuando dos personas dejan de caminar juntas. Yo ya no lo creo. El amor no siempre se va con quien parte. A veces se queda habitando la casa vacía, respirando en los objetos más simples, escondido en una canción, en una fecha cualquiera o en el modo en que el viento pronuncia un nombre que nadie más alcanza a escuchar.
Quizá esa sea su forma más cruel y, al mismo tiempo, más hermosa. Porque obliga a comprender que hay presencias que no necesitan un cuerpo para seguir acompañándonos. Basta haber sido profundamente amados una sola vez para descubrir que el alma aprende un idioma del que jamás vuelve a olvidarse.
No sé qué será de nosotros cuando el tiempo termine de escribir esta historia. Ignoro si volveremos a encontrarnos o si solo seguiremos coincidiendo en el territorio invisible de los recuerdos. Lo único que sé es que hay algo de ti viviendo en todo aquello que ahora soy. Y hay algo de mí, aunque sea apenas un susurro, que también permanecerá contigo mientras exista memoria.
Tal vez ese sea el destino secreto de quienes se aman de verdad: no pertenecerse para siempre, sino permanecer para siempre el uno en el otro.
Porque el amor más profundo no siempre encuentra un hogar en las manos.
A veces encuentra la eternidad en el corazón.