Y al cabo de unos años me mirarás a los ojos y, quizás, ya no recuerdes cómo empezó todo.
Fue simple: te vi.
Con cientos de dudas, te vi y encontré mi respuesta. Con todos los problemas, te vi y encontré la solución.
Podría decirte que tus pupilas dilatadas atraparon mis ojos color ámbar; que tus labios, dibujados con sortilegio, conocieron a los míos antes de siquiera rozarse; que tu nariz, tu cabello desordenado, tu silueta llena de curvas, como tu sonrisa, tu sapiencia, tus pies y tu voz bastarían para escribir una vida entera. Y aun así, sentiría que me faltan palabras.
Podría decirte que padezco un síndrome causado por ti; que mi sistema parasimpático se rindió con una sola de esas tantas curvas que llevas contigo; que somos covalentes, como dos átomos compartiendo lo que les da sentido. Podría compararnos con la complejidad de la fórmula de Euler o decirte que somos el código 143.
Podría explicarte lo nuestro con ciencia, con matemáticas o con poesía; pero ninguna de ellas alcanza para decir lo que cabe en dos palabras.
Te quiero.