Hay pensamientos que nacen sin pedir permiso. Llenan nuestra mente de palabras que pocas veces pronunciamos, que rara vez escribimos y que, con el paso del tiempo, casi siempre terminan olvidadas.
Así son también muchas de las personas que conocemos a lo largo de la vida. Algunas llegan por un instante, otras permanecen un poco más. Pocas son importantes y casi ninguna se vuelve inolvidable.
Pero entonces aparece esa persona.
La que cambia el significado de cada día, la que convierte un simple momento en un recuerdo eterno. Y es ahí cuando nacen las preguntas que el corazón nunca deja de hacer.
¿Por qué alguien puede volverse tan importante? ¿Por qué, cuando se aleja, sentimos que se lleva un pedazo de nuestra alma? ¿Por qué una sola sonrisa suya puede devolvernos la paz, y un solo silencio puede quitarnos el sueño?
Quizá nunca encontremos todas las respuestas. Tal vez el amor no fue hecho para entenderse, sino para sentirse.
Y cuando llegan las discusiones, el corazón vuelve a llenarse de dudas.
¿Y si cedo primero? ¿Sabrá que estoy herido? ¿Estará bien? ¿Pensará en mí como yo pienso en ella? ¿Me buscará? ¿Volveremos a sonreír juntos?
Las preguntas aparecen una tras otra, mientras las respuestas se esconden detrás del orgullo y del miedo.
Porque cuando uno de los dos se equivoca, el miedo nace en un corazón... y, sin darnos cuenta, termina habitando en el otro también.
Pero el verdadero amor no consiste en no cometer errores. Consiste en elegir quedarse, en pedir perdón cuando hace falta, en abrazarse después de la tormenta y recordar que, al final del día, ninguna discusión vale más que la tranquilidad de seguir tomándose de la mano.
Porque si algo he aprendido, es que el amor más bonito no es el que nunca se rompe, sino el que, aun con cicatrices, siempre encuentra la forma de volver a florecer.