WCELOGAN 🔛

En La Arena

En la arena

 

 

 

La arena no era de tierra. Era de tiempo.

 

Cada grano guardaba el eco de quienes entraron creyéndose inmortales y salieron convertidos en leyenda o en polvo.

 

La luz caía recta, sin sombra donde esconderse, y el silencio del ruedo pesaba más que cualquier aplauso.

 

Entonces apareció el toro.

 

No una bestia: un fragmento del monte que se negaba a doblarse.

 

En sus ojos sobrevivían el bosque, la montaña y el viento sin dueño. Los cuernos medían el aire, como si calcularan algo que aún no se veía.

 

Frente a él, el torero.

 

Vestido de oro. Bajo la seda, las manos no sabían quedarse quietas.

 

Cada paso era una deuda con la muerte. El capote abría curvas tensas, como si apartara el mundo apenas lo necesario; la muleta trazaba un gesto que el viento deshacía antes de nacer.

 

El toro raspó la arena y sostuvo su sitio.

 

El torero clavó los talones y tampoco cedió.

 

Entonces ocurrió el milagro más breve:

 

Los dos respirando el mismo polvo, los dos habitados por el mismo temblor; uno, apretado en la furia; el otro, contenido en una elegancia que apenas lo sostenía.

 

Después llegó el acero.

 

Y con él, algo se quebró en el aire, como una llama que se apaga sin testigos.

 

La arena se tiñó de rojo apenas un instante.

 

Luego el viento, paciente, comenzó a desordenarlo todo, como si quisiera convencer al mundo de que la belleza y la muerte nunca debieron rozarse.

 

La arena sigue ahí.

 

Esperando otra tarde, otro pulso enfrentado, otro final que todavía no aprende a decirse de otra forma.