Guadalupe

Vida de un gato

Una vez conocí a un bello gato

que, sin ver sus ojos, 
sus finos bigotes 
ni escuchar sus maullidos, 
se guardó un lugarcito, 
un rinconcito 
donde duerme estirado 
o en bolita, 
según cómo se sienta.

Aquel negro gato 
que vive sus días 
comiendo, 
como si mañana hubiera sequía, 
pero que, si se pesara, 
no habría diferencia en la balanza.

Pensando 
en lo abrigado de su piel, 
en sus desnudas patas, 
en el lugar
donde el sueño
volverá a encontrarlo:

quizá en la ducha, 
sobre los reconfortantes pies de la cama, 
o en lo más alto del clóset,
donde, al caer la tarde
vigila la casa 
con la solemnidad
de quien cree
que todo aquello
le pertenece,
tan cómodo 
como si el alquiler 
lo pagara él.

Durmiendo, 
plácido,

en una noche 
donde, afuera, 
las gotas golpean el techo.

Y su dueño 
busca refugio en su pelaje, 
besándolo, 
como quien compensa 
los arañazos de ayer.

—¿No era frío?— pregunté,
mientras lo veía 
posado en el balcón, 
observando a la gente 
que, desde allí, 
no era más que un puñado de hormigas.

Y mientras 
movía su larga cola, 
recordé 
lo miedoso que podía ser:

arqueando las garras, 
inflándose de valor,

pero cuando la luna aparecía 
no hacía más que juguetear,

hasta ser encontrado,

porque su dueño 
conocía cada paso, 
cada escondite,
como si ambos 
llevaran toda una vida 
aprendiéndose el uno al otro.