Érase en algún tiempo,
un tiempo de cambios e incertidumbres,
un tiempo en qué imperios enteros bailaron en su baile final sin saberlo,
un tiempo en qué convivieron el ferrocarril y la pulpería
que al gaucho y su guitarra recibía.
Un tiempo tendido en el borde del abismo y resplandor antiguo. Allí mismo, un gaucho habló con su negra en un aljibe cualquiera, que hoy no está, pero sí en el verso.
Es imposible saber lo que se dijeron, solo ellos lo supieron,
pero una orden inalterable del tiempo y sus minucias, más un capricho inocente,
me hace pensar que en esta tierna plaza, en qué pantallas táctiles y perros guían a sus cabizbajos dueños,
yo soy aquel gaucho, y que mi frágil aventura espléndida, es mí negra mía, oyendo las promesas para nuestra futura vida.