El presente es el recuerdo que aún no llega,
y yo, aún permanezco sin saber
en qué punto del factor consiente
de mi gastada memoria apareciste un día,
como un sueño reiterado en las noches ausentes,
donde el ciclo de los miércoles,
aumenta sus cautelosos anhelos
de hurgar en tus mejillas
la sonrisa peculiar que alumbró los cristales
cuando te vi llegar,
despertando a una pareja de cristofué
que construía su primer nido.
Yo descubrí tus ojos cuando moría la tarde
alrededor del color de un café,
y la escena repetida de tu belleza
seguida de tus pasos,
trasladaron mi mundo a un presente vivido,
al noúmeno profundo de un sueño incipiente
convertido en historia,
decorado por la pátina del tiempo,
que fue dejando escenas cotidianas
de un pasado que no fue,
o de un affaire oculto entre nubes clandestinas
archivado en el lugar remoto
de un futuro cercano que se viste de flores,
con el rictus de tu sonrisa
condenando a vivir mil años al recuerdo.
No sé si fue en la última glaciación de mi vida
cuando te conocí,
o en el preciso instante que descubrí tu belleza
y el timbre de tu voz perfumado en acentos
que retiñen en mí desesperadamente,
como una escena repetida en el tiempo,
quizá, fue en este medio siglo de otoños nunca vistos,
no lo sé;
tal vez en las galaxias de las palabras que ofician
los amores que se pierden,
o en el pico del turpial que se cambió de nido,
entre los ecos que viajan con el viento
de mil mañanas transeúntes,
tampoco lo sé…
sólo sé que ya estabas en mi alma
cuando te vi llegar.