El escriba de la penumbra

El canto del fénix que habita mis cenizas

Quisiera ser el ave fénix…
la soberana del fuego eterno,
la criatura mitológica
que no le teme a la muerte
porque conoce el secreto
de regresar más luminosa
después de haber sido reducida
al último suspiro de sus cenizas.

Quisiera poseer la nobleza de sus alas,
la inmensidad de su vuelo,
la eternidad que duerme entre sus plumas
y el milagro escondido en cada una de sus lágrimas;
esas lágrimas que cuentan las leyendas
son capaces de devolverle la vida
a todo aquello que el dolor
condenó a morir.

¡Cómo anhelo ese don!

Recogería cada lágrima
que mis ojos han derramado en silencio
durante noches interminables,
las convertiría en un río sagrado
y me sumergiría en él
hasta desprender de mi piel
las cicatrices que el alma aprendió a ocultar.

Lloraría una última vez,
no por tristeza,
sino para lavar de mi existencia
el peso insoportable de las sombras,
los espectros que habitan mis pensamientos,
los monstruos invisibles
que han convertido mi pecho
en un reino donde jamás amanece.

Quisiera arder…

No en el fuego que consume la carne,
sino en ese incendio celestial
que devora el miedo,
la culpa,
el abandono,
la desesperanza
y todo aquello que convirtió mi corazón
en un templo habitado por el eco del sufrimiento.

Que las llamas abrazaran mi pasado
hasta volverlo polvo.
Que cada recuerdo que aún sangra
se transformara en ceniza
y que el viento,
con infinita misericordia,
lo dispersara
hasta el último rincón del universo.

Entonces…
cuando ya no quedara nada de quien fui,
cuando incluso mi dolor
hubiera olvidado mi nombre,
quisiera abrir los ojos
entre un jardín de cenizas tibias
y descubrir que mis alas
por fin conocen el significado de la libertad.

Renacer sin miedo.
Sin el peso de las heridas.
Sin el ruido constante
de las sombras que durante tanto tiempo
intentaron convencerme
de que la oscuridad era mi único destino.

Quisiera ser el ave fénix…

Porque quizá solo ella comprende
que existen almas
que llevan toda una vida ardiendo en silencio,
esperando el instante sagrado
en que el fuego deje de ser castigo
y se convierta, por fin,
en el comienzo de una nueva existencia.