mirtasly

Sōgi y la irreverente/Un encuentro imposible

 Llega el anochecer, y el estío es agobiante.

Camino sobre la orilla del mar mojando mis sandalias.

Cerca, se encuentra el maestro Sōgi, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos con las palmas hacia arriba descansando sobre sus rodillas.

Me acerco y con reverencia digo: 

—Permiso maestro, ¿puedo sentarme a su lado?

—siéntese, alumna, pero no interrumpa mi contemplación

—¿quiere un mate? ¡Cuidado que está que pela!

Silencio...

—maestro, insisto en un susurro acercándome a su oreja.

—shhh no interrumpa.

La mirada del maestro se extiende hacia la contemplación de la luna redonda en el agua.

— ah, qué bello es contemplar el mar subiendo, cual si quisiera besar a la luna.

— disculpe maestro— digo mientras pego un sorbo con sonido a la bombilla. Está equivocado. Estamos en pleamar, lo que ve es el movimiento de la suave ola mecida por la brisa. Uff que calor.

Busco de mi bolsillo un pañuelo bordado, lo humedezco en la orilla, estrujandolo, lo coloco sobre mi cabeza. Estuve a punto de ofrecerle otro pañuelo húmedo, pero desistí.

Sōgi, sin perder la compostura mira de reojo la actitud de la alumna, asombrado por esa cosa de madera redonda, con yuyos nadando sobre la superficie.

Cierra los ojos y expresa

—Hay una conjunción entre lo que vemos y lo que percibimos.

— Le autorizo a confeccionar un haiku. Solo concéntrese en lo que ve.

 

—Luna poniente

el mate frente al mar

marea baja

 

— pero... alumna ¿y el kigo?

— ah, se evaporó con el calor del verano ¿En serio no quiere tomar un mate?

El maestro suspiró.

Aceptó el mate.

Permanecimos en silencio.

Cinco siglos desaparecen. Ya no importa quién nació en el siglo XV y quién en el XXI. Solo quedan dos personas mirando el mismo mar.