Hoy el día pasó despacio,
con ese ruido pequeño de las horas
cuando uno hace lo de siempre,
pero algo falta en silencio.
Hubo café, pendientes,
gente cruzando sin saber nada,
una tarde que quiso parecer normal
y unas ganas de contarle a alguien
cómo se fue acomodando todo.
No pasó nada extraordinario,
y aun así pensé
que algunas cosas merecen ser compartidas:
la luz entrando por una ventana,
una canción apareciendo de pronto,
el cansancio al final del día,
y esa paz extraña
de querer hablar sin pedir nada.
También extrañé esas fotos
donde los ángeles parecen quedarse quietos,
como si alguien les hubiera pedido
que cuidaran un instante bonito.
No sé si eran ángeles,
o solo una forma dulce
de recordar que hay presencias
que hacen más suave el mundo.
Y entonces entendí
que a veces un mensaje
no busca respuesta inmediata,
solo quiere llegar tibio,
como quien deja una vela encendida
para que alguien sepa
que todavía hay luz.
Por eso cuento mi día así,
sin decir demasiado,
sin ponerle nombre a la nostalgia,
sin hacer ruido con lo que siento.
Solo dejando aquí
un pedacito de calma,
por si del otro lado
alguien también necesitaba
sentirse acompañado.