No llegaste.
Y, sin embargo,
desde entonces
la tarde aprendió tu manera de quedarse.
Hay una silla
que conserva la forma de una espera,
un libro
que abre siempre la misma página,
y un reloj
que ha olvidado el oficio de las horas.
No sé en qué instante
tu nombre dejó de ser un nombre
para volverse
esa lámpara encendida
que uno recuerda
cuando la noche todavía no ha llegado.
A veces pienso
que el amor
no consiste en tomarse de las manos,
sino en descubrir
que el mundo cambia de sitio
sin mover una sola piedra.
Desde que existís,
los árboles
inclinan un poco más sus ramas
sobre el camino.
La lluvia
cae con una paciencia distinta.
Hasta el viento
parece entrar en mi casa
preguntando por vos.
Y entonces comprendo
que amar
es permitirle a la ausencia
ensayar la forma de una presencia,
como el mar
que deja su respiración
mucho después de retirarse de la arena.
Si algún día te fueras,
no te buscaría
en las fotografías,
ni en las cartas,
ni en la memoria.
Te encontraría
en esa manera nueva
que tienen las cosas sencillas
de parecer eternas.