Soneto
En la hora más oscura de la noche,
cuando el sudor se hizo sangre en la prenda,
no clamaste, Señor, ni una condena
salió de tu boca que el amor reproche.
Solo palabras hondas, como broche
de tu oración, tres veces en la contienda:
“Padre, si quieres aparta esta ofrenda,
pero no se haga mi, sino tu noche”.
Y el silencio fue cárcel y fue corona
donde maduró tu obediencia plena,
más fuerte que la angustia y que la muerte.
Allí aprendí que el alma que perdona
transforma el huerto en altar y condena
en resurrección que ya está en su suerte.
Rosa María Reeder
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