Jose Hugo Rubio River

Despedida

 

Yo elegí tu cariño cuando el amor fue el vino

que colmó de dulzura mi vaso cristalino,

allí donde la sombra me guardaba el camino.

 

Amarte era el milagro sencillo y peregrino

de andar bajo el destello de tu mirada clara.

Tú eras mi fiel refugio; y si el dolor llegara,

yo te seguía, ciego, sin que me importara

olvidar las razones que a venerarte me llevara.

 

Cuando la lid venía por un celoso ocaso,

pensé, necio y rendido, que retardabas el paso

para sentirte presa de un cuidado más fino.

Y en el áspero lienzo de tus celos divinos

vi banderas que izaban un ruego de atención…

Y yo, triste soldado de tu santa ilusión,

seguí terco en la lucha, dándote el corazón.

 

Mas no llegaste un día. Después, una semana

tendió su velo amargo sobre la fuente vana

de mi espera, y mi alma, con fe samaritana,

te bendijo en la sombra de la noche lejana,

sin notar que no veías mi faz desvanecida…

Que mirabas tu rostro, y en la imagen querida

fui el espejo de tu propia belleza adormecida,

un espejo de plata por el tiempo vencida.

 

Ahora que regresas y buscas en el viejo

retrato aquel idilio —tu único cortejo—,

y sólo a ti te miras en el turbio reflejo,

este anciano del marco rompe el pacto complejo

de tu altar, y se marcha con su herida a lo lejos.

Pero ya no es por ti que en el dolor me quejo,

que ya no es por ti. Es el llanto de un místico canto

donde el alma, ya libre, va olvidando su espanto.