Lloro sin querer llorar.
No hay un sollozo que anuncie la tragedia,
solo lágrimas que se desprenden de mis ojos
con la misma naturalidad con la que un árbol
deja caer sus hojas cuando ya no le queda primavera.
No sé si lloro por una herida,
o por las miles que aprendieron a convivir dentro de mí.
Son cicatrices invisibles,
tan profundas que ningún ojo humano podría encontrarlas,
porque fueron grabadas donde la piel no alcanza:
en el rincón más oscuro de mi alma.
Hoy quise regalarle una sonrisa al mundo,
pero mis labios se quebraron antes de intentarlo.
Fingir se ha convertido en el oficio
de quien lleva demasiado tiempo desmoronándose en silencio.
Mi habitación conoce la verdad.
Ha visto mis noches convertirse en océanos,
ha escuchado el temblor de un corazón
que late más por costumbre que por esperanza.
Cada lágrima lleva el nombre de una batalla perdida,
de un abrazo que nunca llegó,
de una palabra que necesité escuchar
y que el viento jamás me trajo.
Hay un cansancio que no duerme,
una tristeza que no concede tregua,
un vacío que no hace ruido,
pero consume lentamente todo aquello que alguna vez fui.
Y mientras el mundo sigue girando con absoluta indiferencia,
yo permanezco aquí,
sosteniendo entre mis manos los pedazos de una vida
que hace mucho dejó de parecerse a un hogar.