Antes del tacto
ya nos conocía el silencio.
La noche
abrió su invisible arquitectura,
y dos respiraciones
recordaron una sola.
No fue la piel
quien venció a la distancia,
sino esa antigua memoria
que duerme en la luz
cuando deja de llamarse luz.
Entonces comprendimos:
ningún abrazo reúne dos cuerpos.
Solo devuelve al universo
la forma olvidada
de su primera unidad.
Daniel Omar Cignacco © 2026