Escuchando la guitarra española que me llama a bailar, recordé tus palabras, aquellas de hace ya cinco años. Quisiera volver atrás, justo al instante en que el tiempo decidió que debía olvidarlas.
Pero ya sabéis cómo es mi viento traidor. No se parece al viento de Levante, que arrastra la arena y todas las impurezas que vuelan sobre nuestras cabezas. El mío levanta recuerdos, los sacude y los devuelve, aunque yo los crea enterrados.
Y me pregunto si acierto al recordar palabras inútiles que, sin embargo, me acompañarán siempre. Porque el inconsciente es un traidor: las rescata una y otra vez y las arrastra hasta los sentimientos del poeta que permanece atrapado.
No consigo salir de este túnel de emociones, ni encontrar, en los segundos siguientes, las frases adecuadas para hablarle a tu instinto, ese animal racional que siempre logra despistarme y hacerme volver a pensar cuando ya no quiero saber más de ti.
Entonces regresas con una melodía distinta, pero envuelto en la piel de un cazador experto. Y yo, mujer espabilada, permanezco aquí, intentando frenar aquello que no es ni será.
Prefiero perderme en ese campo verde donde no existe nada más que prados brillantes, cubiertos de un terciopelo que el viento no puede arrancar. Allí, quizá, la guitarra deje de llamarme por tu nombre y empiece, por fin, a tocar el mío.