Me hicieron creer
que el amor era un examen sin final.
Cada día encontraba una nueva forma
de corregirme,
de doblarme un poco más,
de pedir perdón
por ocupar espacio.
Si callaba, fallaba.
Si hablaba, también.
Si lloraba, era demasiado.
Si sonreía, no era suficiente.
Corría detrás de una versión de mí
que nunca alcanzaba,
porque la meta se alejaba
cada vez que creía llegar.
Entonces entendí.
La culpa no había nacido en mi pecho;
había sido sembrada
como una semilla ajena
que aprendí a regar con mis propias lágrimas.
No importaba cuánto cambiara,
ni cuánto amor entregara,
ni cuántas veces me rompiera
intentando merecer paz.
El veredicto ya estaba escrito
mucho antes de que yo hablara.
Y comprendí la verdad más difícil:
No estaba perdiendo el juego.
Jugaba uno
que nunca fue creado para que yo pudiera ganar.