Me sumerjo en un pozo, como si el agua pudiera lavar mis penas; como si, al salir, las cosas fueran a resolverse por sí solas.
Mi alma anhela tranquilidad, quizá un instante de felicidad. Sin embargo, cada día ambas parecen alejarse más, como si la vida se empeñara en herir mi humanidad y obligarme a caer una y otra vez.
Miro hacia la nada, como si allí pudiera encontrar una respuesta que jamás llegará. Me siento asfixiada; no encuentro libertad. Estoy atrapada entre pensamientos que pesan más que el tiempo.
Entonces solo queda una pregunta, suspendida en el silencio:
¿Por qué la vida es tan injusta?