Yo viví de su encanto aquella tarde
ese magno sopor que nos atrapa;
ese tierno susurro inexplicable
que semeja de un verso su metáfora.
Lindos himnos de coros celestiales
escuchaba en su voz tan dulce y clara;
y sus manos tan finas y tan suaves
las caricias de un ángel me brindaban.
Fue la entrega de amor que siempre trae
la cadencia sublime de las arpas;
donde viene el arpegio que nos abre,
de pasiones, magníficas cascadas;
que poseen aromas de azahares
con esencias que el alma nos embriagan.
Autor: Aníbal Rodriguez.